Desde que nací pude ver recorriendo mi cuerpo, un fino hilo de color rojo. El mundo se envolvía y se entrelazaba en ellos.
Siempre intenté agarrarlos y seguirlos de extremo a extremo para ver a quienes unían a cientos de kilómetros. Y cuanto más intenso era el sentimiento entre dos personas, más me deslumbraban los hilos, fuertes, casi imposibles de romper. Bastaba un segundo para que el hilo se tensara, se deshilachara, se hicieran grietas, se rompiera, y volviera a enredarse con otro.
Podía ver todos los hilos menos el mio, casi transparente.
Y el mundo fue perdiendo sus colores conforme los años pasaban delante de mi.
Mama me decía que todas las leyendas tienen una pequeña parte de verdad. Y que quien puede vivirlas, posee una luz dentro.
Pero aún de reojo, a pesar de que solo puedo ver grises, puedo divisar como el comienzo de una hebra, clara, nítida, sobresale del pecho de alguien ajeno a mi. Ese es el comienzo de todo.
Siempre intenté agarrarlos y seguirlos de extremo a extremo para ver a quienes unían a cientos de kilómetros. Y cuanto más intenso era el sentimiento entre dos personas, más me deslumbraban los hilos, fuertes, casi imposibles de romper. Bastaba un segundo para que el hilo se tensara, se deshilachara, se hicieran grietas, se rompiera, y volviera a enredarse con otro.
Podía ver todos los hilos menos el mio, casi transparente.
Y el mundo fue perdiendo sus colores conforme los años pasaban delante de mi.
Mama me decía que todas las leyendas tienen una pequeña parte de verdad. Y que quien puede vivirlas, posee una luz dentro.
Pero aún de reojo, a pesar de que solo puedo ver grises, puedo divisar como el comienzo de una hebra, clara, nítida, sobresale del pecho de alguien ajeno a mi. Ese es el comienzo de todo.