jueves, 13 de diciembre de 2018

Tercera vez.

He sentido una evolución en estos meses en los que me he dado cuenta de que perdí algo,
una parte de mi
y ahora ha llegado la aceptación de golpe,
la aceptación del echar de menos,
la aceptación de que es mejor apartarse al lado de la carretera cuando te han atropellado un par de veces y no aprendes más que por las malas,
la aceptación de que quizá yo no fui a la que hicieron daño,

yo era el camión que no supo o quiso frenar cuando te vio allí parado haciendo señales,
avisando,
gritando.

"Esto va a dolerme".

Yo no paré
por puro egoismo,
y solo he sabido cuidar de ti en las sombras,
o intentarlo, porque no se si es que te he roto un poco cada vez,
y ahora te sientes mas solo que antes.

Pero tu fuiste y serás una casa para mi,
aunque ya no pueda o no sepa como volver a ti.

Pero siempre estaré a unos cuantos kilometros,
visible como una antorcha encendida
como un faro que guia.

miércoles, 25 de julio de 2018

Nefelibata

Se creen que estoy loca
que he perdido la cabeza
por querer correr por los prados verdes
bailar desnuda
no saber decidir que canción quiero y cambiarlas siempre a la mitad
abrir la boca para saborear la lluvia
como una fruta madura
me dicen que vivo en las nubes
por llorar delante de cuadros
Matisse, Monet, Munch, Miró
y mi extraña manía por la letra M en los apellidos
a todos los tengo calcados en la piel
a través de lagrimas, de erizos clavados en el pecho
de emociones que recrea el arte en mí.

Me llaman nefelibata porque mi cabeza sobrepasa el cielo
mirando el mundo a través de una imaginación,
o una pelicula que cambio a mi antojo
que me parece mas bella,
porque ahí arriba decidí dejar todos los besos finales de las peliculas
como en Cinema Paradiso.

sábado, 16 de junio de 2018

Eternal Sunshine of the Spotless Mind.

He intentado ordenar las ideas de mi cabeza sin éxito desde hace varios días
y lo único que veo es una nube borrosa.
Viviendo en la cama bajo la misma sabana que me pesa y me aplasta
pero no son más que mis delirios y el calor que sube desde mis brazos hasta el cuello,
la boca, la lengua me quema, podría estar a punto de perder el control
y sería tan consciente de todas las veces que me reprimí en hacerlo por miedo a no saber parar
o a no saber que habría después cuando despertara.

Cada día que pasa me siento mas al borde de un precipicio y me pregunto en que momento llegué ahí y cual será el motivo final que me empuje
la gota que me desborde por dentro.

Intento mover mi cuerpo,
levantarme, aprovechar el tiempo, hacer lo que debería hacer, ser racional
pero al mínimo movimiento siento mi peso muerto 

voy a vomitar 
voy a tirar abajo todos los gritos de este lugar 
y a salir corriendo 

como he hecho desde que me di cuenta de que crecer no significaba dejar atrás el dolor y que aquello con lo que tanto soñaba a los 8 años no era más que una ilusión.

Y es que ahora sé que todo lo que imaginé no ha sido más que un arma de doble filo
vivir en una realidad inexistente para evadirme de lo que no quería afrontar por ser demasiado joven, y ahora me está golpeando como si fuese un ring y las apuestas van contra mi.

Llevan fallandome las rodillas años pero no soy capaz de rendirme, y aguanto hasta que no queden fuerzas, no por orgullo, sino por miedo a sobrevivir cuando caiga.

Solo siento que estos dolores son una mínima réplica de lo que mi subconsciente me grita mientras yo los callo con el volumen más alto de un disco dedicado a un amigo fallecido, cuantas veces habré pensado en dar lo que yo no quería porque otros tuvieran una segunda oportunidad, cuantas veces habré pensado en dormir para huir.

Porque la vida me ha enseñado a vivir en la esquina oscura de una fiesta, en una calle solitaria, en el ultimo pupitre de clase, a desaparecer sin que a nadie le de tiempo a darse cuenta de tu presencia.


He intentado ordenar las ideas de mi cabeza, pero son solo frases sin sentido, formas redondas sobre un fondo blanco
y se me ha vuelto a nublar la razón, la visión, los planes, el futuro.




¿Qué futuro?

lunes, 16 de abril de 2018

Última parada.

Al final para mí nada tiene sentido
y todos los que se quedaron tienen el gran derecho a irse al menos una vez de tu vida.
Y ese dolor,
pequeño,
e intenso.
Un repiqueteo que altera los latidos de tu corazón y abre sin temor una cascada de sentimientos.
Los miedos son lo único que nos queda para acompañarnos con un triste café, y te consumes como el cigarro de la chica de al lado, mientras ves pasar la vida de los viajeros cada uno sentadito en su plaza de tren.

Cómo asusta pensar que el cambio llamará a nuestra puerta y que seremos nosotros quien nos quedemos sin silla en ese juego infantil.
Que traidora parece la vida, y ella se queja de que solo hace su trabajo, las decisiones no las toma ella,
sino tú.
Incluso lo que aún no está escrito ya tiene su sitio en el papel.

Y solo podemos quedarnos sentados en nuestra plaza del tren, cada uno con sus “por qué” recorriendo sus cuerpos, y esperando la última parada para enfrentarnos al destino con los puños muy apretados.