No importa cuantas veces me sentí a salvo en tu pecho, si ahora apenas puedo salir de debajo de una sabana para ver el mundo. Si ahora cualquier palabra intenta cortarme con sólo pensarla.
No importa cuantos días he luchado conmigo mismo para llegar aquí, si se que no ha servido para mantenerme a flote. He perdido.
Miles de recuerdos con gran peso vuelven a salirme de los zapatos, llenos de agua. Ellos también lloran.
Y se nota cuando estas cansado, pero no de sueño, porque te pesan los ojos, porque tienes un río dentro.
Has cerrado la puerta de tu habitación que no es tan tuya, pero es donde tu cuerpo habita,
intenta colocar todas tus raíces,
se estira
se mueve por la sala, tienes que abrir la ventana, porque no hay espacio.
Tus raíces salen y las ventanas se bloquean,
alguien de fuera te ve, y le molestas.
Empieza a cortar tus raíces, secas y débiles.
Te duele, por eso te encoges, te tragas tus raíces de nuevo.
El agua se queda en tus zapatos, en tus ojos.
No sale.
Cierras la ventana.
Sabes, que una vez más sigues solo, en un cuarto demasiado pequeño para ti.
Pero no importa.

